En la sección más profunda de la biblioteca, donde la luz del sol llegaba ya cansada y polvorienta, Don Julián no clasificaba los volúmenes por el sistema decimal de Dewey ni por la frialdad del orden alfabético. Allí, en los estantes de madera de cerezo que parecían exhalar suspiros, los libros se ordenaban por el grado de dolor de sus párrafos.
Había ejemplares leves, arrepentimientos de juventud que apenas susurraban una disculpa, tímidas manchas de tinta que se aclaraban con un poco de consuelo. Pero otros eran animales heridos. Los más peligrosos, aquellos que narraban traiciones imperdonables o adioses definitivos, intentaban cerrar sus tapas con violencia sobre los dedos del bibliotecario, como si quisieran atrapar su propia existencia y asfixiarla en el vacío de sus páginas.
Esa noche, el ejemplar de Las cenizas del olvido estaba especialmente rebelde. Don Julián lo encontró vibrando contra la madera en el estante de la letra M. Al tomarlo, sintió el calor de una herida.
Al abrirlo, el horror se desplegó ante sus ojos: el protagonista, un capitán de navío que había vendido a su tripulación por tres monedas de plata en el capítulo cuatro, había logrado lo imposible. En un acto de suicidio literario, el personaje había tachado su propio nombre en cada una de las trescientas páginas. Donde antes decía «Capitán Miller», ahora solo quedaba una cicatriz de tinta negra, un tachón desesperado que todavía desprendía un olor a culpa.
— No puedes borrar quién eres, muchacho —susurró el anciano, deslizando la yema del dedo sobre un borrón de tinta aún húmeda—. Si desapareces tú, la historia se queda huérfana. Y un libro huérfano es solo un montón de papel muerto.
El libro respondió con un crujido de papel seco. De pronto, una gota de tinta negra, densa, resbaló por el margen hasta manchar la mesa. Era una lágrima. El libro no quería ser una tragedia; quería ser un cuaderno vacío, una oportunidad de no haber zarpado nunca.
Don Julián sacó de su bolsillo un frasco de tinta, una mezcla de agua bendita, lavanda y olvido que él mismo destilaba. Con un pincel, comenzó a acariciar los lomos del capitán, tratando de calmar la rebelión de los adjetivos.
— Todos quieren ser otros, querido —continuó Don Julián en un murmullo— La novela policíaca del estante de arriba lleva años intentando que sus huellas dactilares desaparezcan para convertirse en un libro de cocina. Pero si no hay crimen, no hay historia. Y si no hay capitán, no hay mar.
El libro soltó un último suspiro de aire frío. Lentamente, la mancha de la mesa empezó a ser absorbida, pero no desapareció del todo, se convirtió en una cicatriz que ahora formaba parte de la historia de la biblioteca.
Don Julián cerró el volumen con gran delicadeza y lo rodeó con una cinta de seda azul para que las palabras no intentaran escapar durante el sueño. Sabía que el capitán lo intentaría al día siguiente, pero mientras él estuviera allí, ningún libro tendría que cargar solo con el peso de su trama.
